lunes, 12 de septiembre de 2011

Aurora

Éramos fotógrafos, la aurora nuestra salida, la noche nuestra llegada. Amamos el encuadre, la exposición precisa, los niños y sus caras limpias, los ancianos y el relieve de sus arrugas. Un poco atrevidos, jugando a ser dioses con nuestras maquinas foto sensibles; atrapando almas con el dedo índice, burlándonos de la memoria fallida, subjetiva, impalpable; reemplazando recuerdos por productos físicos, cosas observables.

Las tardes nuestra salida, el sol jugando a las escondidas. El ocaso para un par de tontos amantes de las siluetas, el contra luz enfurecido y prometedor. La sombra como la luz más viva. Eso eran nuestras tardes, perseguir, perseguir ese momento oportuno antes de que el sol perdiera todo interés en la tierra que se pisa y se mira.

Recuerdo a Ana tratando de tomar aquella foto a un pelicano pequeño posado en el Mar, sostenido de una roca solitaria. Se encontraba al borde derecho del muelle, sentada en medio de dos tabloncillos separados. Su pose provocaba en mi interior un apetito sexual, quería tocarla, hacerla mía justo allí, en el muelle. El cabello le flotaba en el aire, sus risos dorados contrastaban con el negro oscuro de las gafas. Sostenía la cámara con la mano izquierda mientras la derecha buscaba el equilibrio de su estilizado cuerpo.

Tenía en mente algo inimaginable, parecía loca, obsesionada con ese pajarraco y la piedra. Quería ver la foto deseada por Ana, no podía meterme en su mente, ni siquiera adivinarla. Me quedé sentado al lado de una red de pesca que minutos antes recogieron dos negros acuerpados, sin la fortuna que provee el mar y los antepasados señores de la estirpe, desanimados, dejando su herramienta de trabajo. Pero no quiero pensar en el infortunio de aquellos afros, prefiero mirar el cuerpo de Ana, tan sublime con su cámara. Segura del momento, de su llegada, la foto imaginada, la pose perfecta del espartajo emplumado, la solidez de la roca o la constancia y el ritmo del mar.

¿Acaso habrá algo más en aquella composición fotográfica? ¿Será el mismo pájaro o la misma roca? ¿Quizás solo observa con el lente? Soy fotógrafo con prestigio, ella una aprendiz y mi amante. En realidad, cuando estoy con ella, me importa poco la fotografía, es pan diario en mi trabajo como reportero gráfico para el diario central. Me impacienta el hecho que me ignore cuando esta con la cámara ¿Y cómo aceptar los celos por una maquina a la cual debo lo que soy ahora? Qué ironía. Al parecer es mejor compartir el deseo que posee a la melancolía de perderla, en esos cortos segundos, por nuestra pasión a representar el mundo que nos rodea.

Como buen observador me dispongo a observarla, contemplar su belleza, no perturbar la naturalidad de su estado, porqué lo conozco muy bien, el éxtasis de pintar con luz, calcar lo que se ve en pequeños cuadros fluorescentes. Ahora el viento sopla hacia la costa, sentido contrario a la dirección anterior, Ana se ha quitado las gafas, las olas mojan su cara, sin embargo, parece no molestarle el agua, sus ojos no paran de parpadear, apenas logro verle el rostro, una sonrisa enmarca el momento.

Por mi parte, disfruto de la ingenuidad que transmite la chica. Por su lado, disfruta de la imagen no dada, no provista por el destino, esperanzada en lograrla, quieta, inmóvil y sosteniendo la cámara. Así es ella, imperturbable, terca, compleja y concentrada.

-¿Te demoras?

- Hasta que pueda tomarla

-¿Qué quieres tomar?

-Al pájaro y la piedra

-Pero Ana, han estado por horas, tu, el pájaro, la piedra y el mar

-¡Si, somos parte de todo!

-Dirías… son parte de todo

-Ese es tu problema Juan, nunca te incluyes, nunca eres parte de todo

-Mejor nos vamos, las olas son cada vez más grandes

-No me iré hasta que seas parte de todo

-¿De qué hablas?

Simplemente no contesta, a nosotros ha llegado un guardia costero, nos ha indicado que debemos alejarnos del muelle, le pido el favor de esperar cinco minutos mientras convenzo a Ana de irnos. Camino hacia ella, le toco un hombro, me agacho y le hablo al oído, a su misma altura.

-Ana, debemos irnos

-Aún no, aún no tomo la fotografía

-Pero el pájaro no está, solo la piedra

-Aún no…

-Debo insistir, el guardia costero me ordeno abandonar el lugar y te llevaré conmigo

-Ese es tu problema ¡No eres parte de todo!

-Mejor vámonos

-Está bien

Y la fotografía fue tomada, esta vez por un turista…

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