Una noche de septiembre, caminando por la avenida 80, me perdí entre sueños. Tenía miedo, las manos sudadas, los labios algo resecos por el esfuerzo físico, la respiración agitada como previniendo la llegada de alguien extraño, un ladrón o simplemente un espanto. Me detuve a mirar hacia atrás, mis pies no respondían a un paso más, objetos inanimados. El asfalto de la calle parecía cobrar vida, tener cualidades de corredor, un atleta perfecto. Una y otra vez con sus movimientos metafísicos, semejantes a un caleidoscopio.
A pesar de la esquizofrenia y las imágenes abstractas del momento, logre ver una silueta reconocible, familiar a mis ojos, un hombre de carne y hueso…
Así era, Aspecto maltrecho, corroído por la suciedad de la vía, portaba una melena espesa y encrespada, ropas elegantes hechas hilachas y con rotos por doquier. El pantalón superaba los tobillos, los dejaba ver. Poseía una corbata roja con punticos verdes, algo chica para su cuello grande, inspiraba un aire gardeliano. Hablo de aire por el costal grande en su mano que lo desmentía, lo desnudaba, lo identificaba como era, un pordiosero. En palabras vulgares, un gamín con ínfulas de intelectual o pasado literario.
Cada vez más cerca de mi ¡trapa trapa! Escucho esos zapatos de cuero ¡trapa trapa! acelerando, sin dudar un instante. Ese hombre estaba interesado en arribarme, advertirme o hablarme sobre algo inquietante. Mis pies no responden… quiero escapar, abandonarlo a su suerte. Quizás necesite sólo una moneda para dejarme en paz.
-¡Es usted un idiota! (hombre extraño)
-No me trate de esa forma, no me conoce, se lo advierto
-Es que eso es usted, un cretino
-Ya se lo dije, mejor explíquese
Lo agarre del saco con mis dos manos, lo empuje hasta un poste, el ambiente respondía a los instintos salvajes de las bestias acorraladas, no resistiría una sola palabra ofensiva de su boca maloliente. Deseaba golpearlo y seguir mi camino como si nada.
-¿Acaso no amabas el lugar donde estabas?
- Solo caminaba por la calle
-Algo ridículo lo que hizo
La curiosidad que despertaba sus palabras hizo que mis manos cedieran para dejarlo hablar
-¿Qué cosa hice?
-venir a esta ciudad
-No soy un turista señor, yo vivo aquí, mi ciudad
-jajajaja esta no es su ciudad, ni tampoco la mía, pero ambos estamos en el mismo lugar… si tan solo dedicara más tiempo a meditar lo que ve, a observar. Se daría cuenta que en la calle somos iguales ¡la misma escoria!
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